Abelardo J. López Ramos es el presidente de la Asociación Gallega de Veterinarios de Porcino (AGAVEPOR).
Leo con sorpresa un reportaje firmado por el grupo ecologista “Igualdad Animal” acerca de supuestas barbaridades cometidas por “salvajes granjeros” carentes de escrúpulos sobre inocentes y tiernos lechoncillos, así como a toda su gorrina familia, en horrorosos campos de concentración y exterminio, denominados granjas porcinas.
No acabo de entender muy bien a qué tipo de lugares se refieren estas buenas gentes, ya que las actuales explotaciones de porcino que conozco, y son unas cuantas en toda España, son ejemplo de producción tecnificada. Cuentan con trabajadores especializados en bienestar animal y técnicos veterinarios especialistas en manejo, patología y climatización, que se cuidan muy mucho de que en sus unidades productivas existan enfermedades pululando entre los animales, de que los límites de temperatura y humedad fluctúen entre los rangos de bienestar, y que todos los animales alojados en estas unidades reciban diariamente los controles, la alimentación y el agua necesaria para su mantenimiento, confort y producción en condiciones óptimas. Más que nada, porque de no ser así, la propia presión del mercado nacional e internacional, los habría ya apartado hace mucho de esta actividad.
Los operarios de las salas de maternidad se limpian, desinfectan y preparan para cada lote de cerdas gestantes (…¡que no embarazadas!) y son profesionales que han acreditado sus conocimientos de manejo en bienestar animal y han sido cualificados por la Unión Europea para realizar las operaciones necesarias tendentes a salvaguardas tanto su salud, como la de su gorrina madre, con el apoyo de los técnicos veterinarios que velan por el estricto cumplimiento de las normas europeas de cría de animales para consumo humano.
Debido a la aplicación de estas buenas prácticas ganaderas, las reproductoras porcinas de hoy en día son capaces de producir más de 27 lechones al año, y estos lechones son capaces de desarrollar velocidades de crecimiento diario superiores a los 800 gramos, manteniendo en todo su ciclo productivo una envidiable salud. Es evidente que, lo mismo que pasa en la especie humana, animales que presenten enfermedades, problemas de estrés, o cualquier proceso que limite su capacidad vital, no podrían llegar a producciones similares, lo que nos indica, al menos en las explotaciones que conozco, que ninguno de estos problemas afectan a estas unidades productivas. Todos los animales gozan de espacios suficientes, legalmente establecidos, que aseguran que su descanso, actividad y alimentación estén salvaguardados.
Los controles oficiales ponen a cada cual donde le corresponde
Es evidente que profesionales chapuceros los hay por todas partes y en todos los órdenes de la vida, y es muy importante que se conozcan quiénes son, precisamente para poder apartarlos de la actividad que estén desarrollando, y que desprestigia al sector en general. Para ello los productores se someten a muchos controles por parte de los inspectores veterinarios oficiales, que ponen a cada uno en el lugar que les corresponde.
Y las condiciones de mercado se encargan del resto. Me cuesta creer que en una granja pueda haber diarrea, meningitis, canibalismo... y que su propietario no tenga que vender hasta su casa para pagar las pérdidas millonarias que dicha supuesta conducta habría de generarle en este difícil negocio.
En resumen, la porcinocultura moderna se nombra con palabras como bioseguridad, sanidad, bienestar, tecnificación... Y que no les engañen: los verdaderos profesionales del sector no solemos tener muchas visitas, por el riesgo inherente que éstas llevan de introducir gérmenes patógenos en un ambiente limpio y controlado, así que no nos queda más que agradecer a Igualdad Animal que se hayan dedicado a descubrir a esos pseudogranjeros de la señorita Pepis, que hay que erradicar cuanto antes mejor.